Todo sigue bien y correcto. Mi corazón sigue en su sitio a pesar de la emoción de ver a Usain Bolt bati el récord del mundo de 100 metros lisos ayer. Después de trabajar un poquito por la mañana, decidí acudir a la llamada de la selva que, en el caso del urbanita medio en el que estoy convertido, supone ir de compras.
Como se podía esperar, ir de compras en China no es como ir de compras en cualquier otro sitio del mundo. Estuvimos en el Mercado de la Seda, que es como el mercadillo que hacían en el pueblo los sábados, pero de cuatro plantas y brutal en cuanto a que los vendedores no hacen más que pedirte que les compres. No me llevé nada, salvo la impresión de que es un lugar que cuesta olvidar.
Ah. El mercado de la seda es conocido por sus falsificaciones. Sin ir más lejos, si un Starbucks en China es así:

Y en el mercado de la seda hay una falsificación del Starbucks, tal que así:

Después he cogido el Metro hasta el Estadio Olímpico, para ver la jornada de atletismo. Curioso cartel que prohíbe la reventa de entradas (a buenas horas, mangas verdes):

Y un modo de contribuir al desarrollo sostenible: un letrero en una caja de cartón.

Por la tarde, deporte: vimos a Marta Domínguez hacer un "casi casi" y caer en la última valla, a Higuero clasificarse para la final del 1.500... y a Bekele sobrarse y ganar la prueba de 10.000 metros. Una burrada.
Luego fuimos a cenar, ayer era el cumpleaños de Alberto (sí, mamá, ese que cuando vienes a casa escondes el monedero) y nos tomamos un par de cervezas (que aquí equivalen a 1 litro y medio) mientras degustábamos unos platos chinos que... cómo os diría yo, ricos, lo que se dice ricos, no estaban.
Ah, a Alberto le regalamos un reloj, para que no llegue siempre tarde a los sitios, eso sí, con la efigie de Mao, un tipo al que adora. El reloj tiene un mecanismo por el que Mao saluda haciendo así con la manita.

Ahora me voy al waterpolo, juega España contra Grecia, ya os contaré.
Vuestro hijo, que os quiere,
Caín.
Luego fuimos a cenar, ayer era el cumpleaños de Alberto (sí, mamá, ese que cuando vienes a casa escondes el monedero) y nos tomamos un par de cervezas (que aquí equivalen a 1 litro y medio) mientras degustábamos unos platos chinos que... cómo os diría yo, ricos, lo que se dice ricos, no estaban.
Ah, a Alberto le regalamos un reloj, para que no llegue siempre tarde a los sitios, eso sí, con la efigie de Mao, un tipo al que adora. El reloj tiene un mecanismo por el que Mao saluda haciendo así con la manita.
Ahora me voy al waterpolo, juega España contra Grecia, ya os contaré.
Vuestro hijo, que os quiere,
Caín.